S&A (nuestra boda)

Desde el minuto uno, tuvimos claro que queríamos una boda de destino en nuestro lugar favorito, la isla de Fuerteventura, así que nuestra familia y amigos se desplazaron desde diferentes puntos de España y Europa para vivir tres días increíbles.

Para la preboda, elegimos The Roof (Corralejo), una terraza con vistas al mar y un ambiente que refleja el carácter de la isla: relajado y cálido. Disfrutamos de un atardecer mágico con una cena cóctel a cargo de la cocina del lugar. Para la ocasión, diseñamos las minutas que iban a juego con el resto de la papelería, siguiendo la paleta de colores y con toques divertidos.

El día siguiente estuvo cargado de emociones desde primera hora de la mañana: organizamos un desayuno en grupo en el mismo lugar de la preboda y, después de descansar unas horas, comenzó la magia: elegimos las Dunas de Corralejo como lugar para inmortalizar nuestro first look y aprovechamos para hacernos el reportaje de pareja, lo que nos permitió exprimir al máximo el tiempo con nuestra gente.

De ahí nos fuimos a la ceremonia, que tuvo lugar en una playa íntima cerca de donde nos alojábamos. Elegimos para la ocasión una decoración sencilla, pero que reflejó nuestra personalidad y la de la isla: un altar triangular con una composición floral preservada acompañado de una mesa con decoración marina donde depositamos nuestros votos y el marco con ilustración personalizada de nuestra familia (nuestro perro Kai, quien nos acompañó al altar, y nuestra perra Luna, quien presenció el momento desde el cielo) para el ritual de la arena. Vivimos momentos inolvidables gracias a las preciosas palabras que nos dedicaron nuestros seres queridos y al aura de amor y felicidad que entre todos habíamos creado.

La recepción se celebró en uno de los restaurantes referentes de la isla en cuanto a gastronomía innovadora, Casa Marcos (Villaverde). Disfrutamos de un cóctel largo, como nosotros queríamos, con especialidades de la isla y guiños a nuestras raíces, con los volcanes como testigo y una decoración pensada hasta el mínimo detalle. A la llegada, los invitados se encontraron con un puesto de bienvenida con cervezas solidarias del santuario animal The Animal Academy; para el seating plan, elegimos una estructura de estilo rústico-bohemio donde cada mesa estaba representada por una isla de madera, que nosotros mismos elaboramos. Mantuvimos la misma idea para los meseros y los marcasitios, por lo que cada invitado se llevó como detalle su nombre grabado en la isla que le había tocado.

Ya en la mesa, disfrutamos de un menú a medida donde Galicia y el marisco tuvieron un protagonismo especial. Como toda la decoración de la boda, el diseño de las mesas estaba inspirado en la isla: la paleta de colores simbolizaba el mar azul que la rodea, la arena en un suave color crema, los volcanes de un tono terroso intenso, la espuma del mar que golpea contra la costa y, por supuesto, la calidez del sol, siempre presente en el paraíso. Para plasmarlo, apostamos por caminos de mesa en un tono azul empolvado acompañados de jarrones de cerámica blanca o madera oscura, según la mesa, decorados con flor seca en tonos pajizos. El toque de calidez lo pusieron las numerosas velas que se repartieron por las mesas redondas y la mesa imperial presidencial.

En nuestra boda no hubo intercambio de anillos, ni ramo, ni corte de tarta, ni baile nupcial. No nos sentíamos identificados con ninguno de estos clichés, y no nos arrepentimos de haberlo hecho así. Lo que sí hubo fue un ritual que solemos hacer en celebraciones especiales con amigos y familia y que sí nos representa: para abrir el baile, preparamos la típica queimada gallega, recitamos el conxuro que siempre debe acompañarla y cada invitado hizo un brindis cargado de emoción. Aquí llegó el momento de entregar otro detallito para ellos: un pocillo personalizado para degustar esta bebida tradicional de aguardiente.

Para terminar el día, animamos la fiesta con un fotomatón, accesorios led y tatuajes personalizados de nuestro perro Kai que fueron un éxito total. Ya de madrugada, nos fuimos a descansar pensando en el tercer y último evento: la posboda en el mar. Dos catamaranes nos llevaron hasta las inmediaciones del Islote de Lobos y allí pudimos refrescarnos con un chapuzón y recargar energías con la rica comida que nos habían preparado. Después de casi 4 horas, regresando a puerto y con un atardecer de ensueño de fondo, un grupo de delfines se acercó a nosotros y nos estuvo acompañando en la travesía durante un buen rato. Sin duda fue un broche de oro al mejor fin de semana de nuestras vidas.